Historia de Hungría
Hungría está situada en el corazón de Europa, en la Cuenca de los Cárpatos, rodeada por la
cordillera de los Cárpatos, los Alpes y las montañas eslavas
meridionales. Esta región, desde la aurora de la civilización, siempre ha
estado habitada, y ha sido escenario de la mezcla de distintas culturas. En el
Ier milenio antes de Cristo, se alternaban aquí pueblos de jinetes
de origen iraní -escitas- y tribus indoeuropeas más o menos sedentarias
(celtas, ilirios y tracios).
En
el último período de expansión del imperio
romano, la Cuenca de los Cárpatos perteneció por algún tiempo a la esfera
de la civilización mediterránea, grecorromana: este proceso estuvo
acompañado de la aparición de centros urbanos, carreteras empedradas y
fuentes escritas, y finalizó al iniciarse la migración de los pueblos.
En
la zona aparecieron tribus germánicas
y pueblos turcos nómadas (hunos y
ávaros). Roma desde comienzos del siglo III se vio obligada a defenderse contra
ellos, pero alrededor del año 430, cediendo ante los ataques de los
hunos, abandonó definitivamente su provincia en la Cuenca de los Cárpatos,
llamada Pannonia.
El
famoso rey huno, Atila, dirigió
desde aquí, de las orillas del río Tisza, su enorme, pero efímero imperio. Tras
su muerte, el imperio huno se desintegró y tribus germánicas volvieron a
repartirse el territorio. La hegemonía de ellos pronto se vio quebrantada por
la llegada de los ávaros. El imperio
creado por ellos a fines del siglo VI, se desvaneció debido a las campañas
militares de Carlomagno (años 790) y a los ataques de los búlgaros del
Danubio.
Al
llegar aquí los magiares el statu quo que existía en la Cuenca de los Cárpatos
era el siguiente: en el Transdanubio estaba la provincia oriental del decadente
imperio franco, en la Gran llanura y Transilvania dominaban los búlgaros y el norte lo ocupaba la alianza tribal, y
luego Estado, moravo.
Establecimiento de los húngaros y el reino de San Esteban (896-1038)
El origen de los húngaros, que se remonta a varios milenios,
aún no ha sido esclarecido del todo por la ciencia. La versión de que la
antigua patria de los húngaros estaba en las laderas asiáticas de los montes
Urales y que sus ancestros pertenecían a la familia finougria de los pueblos de los Urales, puede comprobarse por los
recursos de la lingüística. Debieron de separarse pronto de sus parientes
noroccidentales, y en la primera mitad del Ier milenio a. C. ya los
encontramos al suroeste de los Urales, haciendo pastar a sus animales en la
amplia "patria primitiva húngara" (Magna Hungaria, Bashkir), situada
a las orillas del Volga. Mil años después ellos también se unieron a los
movimientos masivos de la migración de los pueblos, y se desplazaron a las
estepas entre los ríos que desembocan en el mar Negro (Levedia, luego Etelköz).
Probablemente ya antes habían entrado en contacto con pueblos turcos, pero la arqueología es capaz de identificar los
elementos turcos (onogur - de ahí la denominación "húngaro")
solamente en estos territorios.
Según
un grupo de científicos, con las reiteradas olas migratorias de los pueblos, ya
en el siglo VII habían llegado húngaros a la Cuenca de los Cárpatos, pero lo
que sí se sabe con certeza, es que a partir de mediados de los años 800
ya la conocían muy bien, ya que sus guerreros participaban en las luchas
libradas por el territorio, algunas veces como aliados de los francos,
otras del lado de los moravos. En el
transcurso de las mismas, no solamente pudieron conocer muy bien las favorables
condiciones naturales de la Cuenca de los Cárpatos, sino también las flaquezas
de sus aliados y el vacío de poder que se formó en este territorio, y todo ello
pudo contribuir a que en el año 895, buscando refugio y una nueva patria
ante el ataque de los pechenegos turcos, se dirigieran a la Cuenca de los
Cárpatos, esta vez junto con sus mujeres, sus hijos y sus animales.
Cuenta
la leyenda que, antes de la gran empresa, la conquista de la nueva patria, los jefes de las siete tribus
húngaras sellaron su alianza por medio de un "pacto de sangre", según
la costumbre oriental, y eligieron entre ellos a Árpád como príncipe, quien después llevó a cabo exitosamente la
gigantesca tarea del traslado organizado de los húngaros (aproximadamente medio
millón de personas) a la Cuenca de los Cárpatos, que, de acuerdo a lo que
demuestran los hallazgos arqueológicos, cobró relativamente pocas víctimas.
Los
húngaros, conquistadores de su patria, en su nueva morada continuaron su modo
de vida, complementando el pastoreo con el cultivo de la tierra, sin embargo
sus guerreros, al igual que los normandos y los vikingos, acosaron durante
décadas a los pueblos de Europa, con incursiones de saqueo y cobrando rescate,
hasta que el rey alemán Otón puso fin a estas correrías, al imponerles una
grave derrota en la batalla de Augsburgo (955).
Los
descendientes de Árpád reconocieron que la condición de su supervivencia era
asimilar el modelo europeo, del modo
de vida sedentario. Esto significaba principalmente adoptar el cristianismo y estructurar la organización estatal. El
bisnieto de Árpád, Géza († 997) fue bautizado, pero según las crónicas, también
siguió presentando sacrificios a sus deidades paganas. No obstante, hizo de su
hijo, el futuro San Esteban, un verdadero monarca cristiano. Llamó como
maestros al lado de su hijo a destacados misioneros alemanes de la época, pobló
su corte de caballeros alemanes, y pidió para su hijo la mano de Gizella,
hermana del rey bávaro.
Alcanzó
su objetivo: su hijo, el rey Esteban I (997-1038) siguió adelante con la
política de su padre, y en la Cuenca de los Cárpatos organizó un fuerte estado
cristiano de tipo europeo occidental. Obligó a todos los súbditos del reino a
respetar los dogmas del cristianismo.
Edificó la organización eclesiástica que abarcaba todo el país, obligando a las
poblaciones a construir templos y organizándolas en diócesis. Trajo a Hungría a monjes, quienes, además de difundir la
nueva religión, enseñaban a los habitantes del país horticultura,
viticultura y distintas actividades industriales. Ellos sentaron las bases y
fueron difusores de la cultura escrita, que permitió establecer un sistema legislativo y administrativo
adecuado a la época.
En
el año 1000, Esteban se hizo coronar rey. Para la ceremonia, pidió la
corona al Papa de Roma, subrayando también con este gesto su compromiso por el
cristianismo de tipo occidental. Venció uno tras otro a los jefes de tribu que
se oponían a la nueva religión y a la nueva estructura, les confiscó sus bienes
y tierras, creando en su lugar provincias,
subordinadas a la dirección del rey. Dichas provincias siguen siendo hasta hoy
-naturalmente, tras una infinidad de modificaciones- las bases del sistema de
administración pública del país.
Como
resultado de la grandiosa labor organizativa de Esteban, canonizado en 1083, la
nueva patria ocupada en el año 895 se convirtió irrevocablemente en un
Estado europeo moderno y cristiano, que incluso cuando vivía el rey fue lo
suficientemente fuerte para oponerse a las tentativas hegemonísticas del
Imperio Romano Germánico y repeler las campañas militares del emperador
Conrado II.
Dinástia del rey Esteban, la
"Casa de Árpád" (1038-1301)
Entre los sucesores de Esteban, Ladislao I
(1077-1096) y Kálmán I (1096-1116) obligaron a su pueblo, mediante leyes
estrictas, a seguir respetando la autoridad del Estado, las relaciones de
propiedad y los valores cristianos.
A
fines del siglo XI, Hungría se convirtió en una potencia centroeuropea,
actuando como conquistador en el Este y el Sur. Aunque las campañas
militares dirigidas al territorio de la actual Galicia y Ucrania no hayan sido
exitosas, Croacia sí reconoció, en
1091, la soberanía de la casa de Árpád.
Durante
los reinados de los monarcas más débiles e incompetentes, se inició la donación
de los dominios reales, base del poder central del rey, lo cual, también
correspondiendo al modelo de desarrollo europeo occidental, dio por resultado
la formación de una sociedad feudal cada vez más estructurada y estratificada. Al
cabo de poco tiempo esto requirió la introducción de cierto tipo de
constitucionalidad, así nació uno de
los documentos básicos medievales, que fue la llamada Bula de Oro (1222), emitida por Andrés II, que los historiadores
comparan justificadamente con la Magna Carta inglesa, emitida en 1215. Dicho
documento definió las distintas capas de la nobleza -tanto a los barones como a
la pequeña aristocracia- como grupos privilegiados de la monarquía, que
tenían derecho a oponerse al rey, y
a quienes el rey, cumpliendo su promesa, convocaba anualmente a una asamblea nacional de los estamentos.
El
desarrollo relativamente tranquilo se vio interrumpido por la dramática
irrupción y cruenta devastación de las huestes
tártaras (mongólicas) en 1241-42, que arrasaron el país entero, asolándolo
todo, e hicieron huir al rey y su corte hasta el mar Adriático. Durante la
invasión tártara, en el transcurso de un solo año, perdió la vida una
tercera parte de la población del país. Al rey Béla IV (1235-1270) con razón se
le recuerda como el "segundo fundador de la patria", ya que prácticamente
tuvo que volver a edificar el país desvastado. Con la construcción de castillos
de piedra, creó un fuerte sistema de defensa, trajo colonos a quienes instaló
en los territorios convertidos en llanos despoblados, y con su política
paciente y perseverante reorganizó la vida del país. Después de su muerte, la
nobleza fortalecida explotaba cada vez con más éxito sus nuevas posiciones, y las intenciones independentistas
de los señores de las comarcas ya comenzaban a socavar la unidad del Estado
del rey Esteban. La situación se deterioró aún más debido a la lucha librada
por la corona húngara durante casi dos decenios, acaecida al extinguirse la
casa de Árpád.
En el año 1301 se extinguió la casa de Árpád.
De la competencia de las dinastías europeas salió victoriosa la casa de Anjou napoletano-francesa, que
obtuvo la corona de Hungría. Durante el reinado de los dos reyes húngaros de la
casa de Anjou, Carlos I (1307-1342) y Luis (el Grande) (1342-1382), Hungría
nuevamente comenzó a florecer. Carlos I logró consolidar su poder gracias a la
buena política impositiva que puso en práctica, a la reforma monetaria y a la
explotación más eficaz de las ricas minas húngaras. En 1335 invitó a los reyes
de Bohemia y Polonia, y en el llamado "encuentro real de Visegrád",
con la iniciativa de una colaboración política y comercial, creó la primera alianza centroeuropea.
El
reinado del segundo monarca angevino es memorable sobre todo por su política conquistadora, que refleja el
considerable fortalecimiento del país. Como resultado de las guerras del
"rey caballero", las fronteras meridionales del país alcanzaron hasta
Bulgaria, los nuevos principados rumanos (Moldavia y Valaquia) prestaron
juramento feudal y Venecia cedió Dalmacia. Hungría se convirtió en una gran
potencia centroeuropea y logró conservar dicho status hasta 1490, año de
la muerte del rey Matías. El auge de la vida cultural y la fundación de la
primera universidad húngara (Pécs, 1372) también dan testimonio de que en la
época de la crisis de Europa Occidental, la Hungría de los Anjou prosperaba.
El
rey Luis murió sin sucesor varón y el país se sumergió durante años en
la anarquía, de la cual salió y tuvo un dominio sólido solamente al ocupar el
trono su yerno, Segismundo de Luxemburgo (1387-1437), quien tuvo acceso a su
legado gracias al apoyo interesado de una liga de la baronía: Segismundo tuvo
que pagar por la ayuda de los grandes señores con una parte sumamente
importante de las tierras reales, y le costó el trabajo de varios decenios
restablecer el prestigio de la regencia central. En primer lugar, su prestigio internacional sentó las bases
de la consolidación de su reinado. En 1410 lo
eligieron emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Hizo mucho por
restaurar la paz y la unidad del imperio, sin embargo, se demostró incapaz frente al inminente peligro turco, que
determinó de manera cada vez más marcada la historia húngara de los tres siglos
posteriores.
Las
tropas turcas osmanlíes que atacaban desde los Balcanes, cruzaron el mar
Mármara y pisaron por primera vez suelo europeo en 1354, y al cabo de algunas
décadas sometieron Serbia, Bosnia, Albania, los principados rumanos y avanzaron
incontenibles hacia el corazón de Europa. Los temibles conquistadores
derrotaron también al ejército cruzado de Segismundo en la batalla de Nicópolis
en 1396. El peligro turco ya amenazaba directamente a Hungría.
El
legendario estratega, János Hunyadi
impidió la invasión turca del país. Gracias a sus excelentes cualidades
estratégicas, János Hunyadi, nacido en el seno de una familia de la
pequeña nobleza de Transilvania, llegó a ser en los últimos años
de su vida uno de los mayores señores feudales del país. Con la renta de
sus tierras, recibidas por sus éxitos militares, organizó un ejército, en el
cual luchaban juntos los soldados de todos los pueblos amenazados por los
turcos en los Balcanes. Toda Europa observaba tensa la suerte de su batalla
librada en 1456 por Nándorfehérvár
(Belgrado), y a raíz de la noticia de su victoria, por todo el continente se
celebraron Te Déum. Con sus victoriosas campañas militares, dirigidas
durante casi veinte años, János Hunyadi, el "campeador vencedor de
turcos", postergó un siglo la expansión ulterior del Imperio Otomano.
El
legendario estratega murió en la cúspide de su gloria, después de la victoria
de Nándorfehérvár, víctima de una epidemia de peste que se declaró en su
campamento. Sin embargo, su familia le dio a la historia húngara otro talento
sobresaliente: su hijo, Matías Hunyadi (Corvino), quien fue elegido rey en
1458, cuando era aún adolescente, gracias al prestigio de que gozaba su padre. Matías
llegó a ser uno de los mayores monarcas de la Hungría medieval.
El rey Matías creó una fuerte monarquía
centralizada con sólidas rentas, con un cuerpo de funcionarios calificados,
bajo su control personal y con un poderoso ejército mercenario confiable (el
"ejército negro"), a la cabeza del cual conquistó Moravia, Silesia,
es más, junto con Viena también buena parte de Austria. El "Matías el
justo" de los cuentos populares mantenía una de las cortes renacentistas más lujosas de la Europa
de su época en el palacio de Buda y en la pintoresca Visegrád, junto al
Danubio. Su biblioteca (integrada por los "Corvinos") era una de las
colecciones más importantes de la Europa de aquella época, y el rey brindó su
hospitalidad a muchos artistas y científicos. No dirigió campañas
militares de importancia contra los turcos, tan sólo quería asegurar el statu
quo logrado por su padre en la frontera meridional del país. Fijó su atención
más bien en el Occidente y el Norte: el objetivo de sus esfuerzos dinásticos
era crear un fuerte "imperio danubiano", que hubiera podido servir de
contrapeso adecuado al Imperio Otomano.
La decadencia del Estado medieval húngaro y la dominación turca (1490-1526)
Matías murió repentinamente en 149O, sin dejar
heredero legítimo. Los débiles monarcas de la dinastía de Jagellón que le siguieron, compraron la benevolencia de
los grandes señores, cada vez menos escrupulosos, haciéndoles
concesiones permanentes. El papel internacional de Hungría disminuyó
vertiginosamente, su solidez política se quebrantó y se detuvo el progreso
social. Se perdieron las conquistas de Matías: Moravia, Silesia y parte de
Austria.
Las
guerras internas y los agravios constantes de la anarquía feudal impusieron cargas insoportables al campesinado del
país. La desesperación condujo a una guerra
campesina en 1514, un episodio de la serie de movimientos europeos centro
orientales que duró desde las sublevaciones husitas hasta las guerras
campesinas alemanas de 1525. La sublevación dirigida por György Dózsa fue
aplastada y severamente talionada por la aristocracia. El país se encontraba en
condiciones de división y desacuerdo completos, cuando el Imperio Otomano,
llegando a la cúspide de su poder, preparaba una nueva campaña contra
Europa, y estaba en los confines meridionales del país. El tan temido acontecimiento ocurrió en 1526, en la batalla de Mohács. El ejército turco de 70 mil a 80 mil soldados, dirigido personalmente por el Sultán Solimán I (el Magnífico) (1520-1566), llegó al escenario de la contienda el 29 de agosto. El ejército húngaro en vano tomó la iniciativa contra la triple superioridad de fuerzas: al cabo de una hora y media pereció lo mejor de la infantería y de la capa dirigente húngara. El rey húngaro, Luis II (1516-1526) murió ahogado en un arroyo crecido mientras huía. Dos semanas más tarde, el sultán marchó sobre Buda, capital del país.
Tras la batalla perdida de Mohács, el país llegó a
dividirse en tres partes: la zona central, el llamado territorio conquistado, fue invadido por los turcos en forma de una
cuña; las provincias occidentales y septentrionales, la llamada Hungría real estuvo dirigida por
Fernando de Habsburgo quien ocupó el trono de Hungría; al Este del río Tisza
prácticamente se formó un nuevo Estado: el Principado
de Transilvania. Dado que
la conquista turca se estableció en el centro del país, Hungría se convirtió en
la zona de enfrentamiento de dos culturas, la cristiana europea y la musulmana
turca. Las fronteras de la zona central
invadida del país variaban
constantemente, porque las luchas libradas por conquistar o reconquistar algún
castillo, duraron 150 años, con interrupciones más o menos largas. Las
guerras causaron una terrible devastación en el legado cultural, en la economía
y también en vidas humanas. No sólo perecieron varias generaciones de soldados
húngaros, sino que los turcos también se llevaron una considerable parte de la
población, como esclavos. En los territorios antaño más florecientes (en
la actual Voivodina y en el centro del país) apenas quedaron edificios de
piedra o de ladrillo. La destrucción sistemática modificó la estructura
medieval de las poblaciones y cambió la composición étnica de la población. En
la Hungría del rey Matías todavía vivían 4 millones de personas, al igual que
en Inglaterra en aquellos tiempos. En los dos siglos siguientes la población de
Europa aumentó al doble, sin embargo, en Hungría a fines del siglo XVII
solamente vivían 3 millones de
habitantes. En esa época se mezclaron en gran número con la población húngara de los territorios
centrales de suerte más adversa, los grupos étnicos de los Balcanes que huían
de los turcos, luego, tras la expulsión de los turcos, los eslovacos, y más
tarde, como resultado de acciones de colonización, alemanes, serbios y rumanos.
Los
aristócratas de la llamada Hungría real
eligieron a Fernando de Habsburgo
para que ocupara el trono vacante desde la trágica batalla de Mohács,
reconociendo sus demandas de sucesión. Su decisión se vio fuertemente influída
por el reconocimiento del hecho de que frente al imperio mundial turco,
necesitaban apoyo, que esperaban obtener de la dinastía de los Habsburgo, que
jugaba un papel cada vez más importante en la política de las grandes potencias
europeas. Calcularon bien, ya que el vecino Imperio Habsburgo, también
amenazado por los turcos, estaba interesado en la liberación de Hungría, por
ello el tesoro real -con los fondos procedentes de otras provincias del Imperio
Habsburgo- regularmente destinaba enormes sumas para el mantenimiento de los
aproximadamente 100 castillos situados en el territorio de la Hungría real y
para abastecer a sus defensores. Al mismo tiempo, los húngaros muchas veces
esperaban en vano el prometido apoyo imperial para sus sangrientas luchas, ya
que éste llegaba a suelo húngaro principalmente de acuerdo con los intereses de
gran potencia de la dinastía de los Habsburgo, y no correspondiendo a las
necesidades húngaras.
Contribuyó
a la formación de una relación pacífica entre el rey y su pueblo, el hecho de
que los Habsburgo, frente a los turcos, también necesitaban la ayuda de los
húngaros y por ello respetaban la constitución
húngara. El sistema institucional húngaro quedó casi intacto en su
totalidad, incluyendo la asamblea nacional y las provincias. Los cargos
dignatarios del país fueron desempeñados por los grandes señores
húngaros, quienes en sus castillos a menudo mantenían cortes casi principescas.
Las lejanas oficinas reales, residentes en Viena, apenas intervenían en asuntos
internos, por lo tanto los señores húngaros podían dirigir éstos según
sus tradiciones.
Transilvania, la parte oriental del
país dividido en tres, desde el punto de vista de los turcos, que se abrían
paso hacia Viena, pertenecía a aquella zona en la que ellos se contentaban sólo
con cobrar impuestos y ejercer un control indirecto. De esta manera, de la
parte oriental de Hungría pudo configurarse el Principado de Transilvania, dependiente del sultán en sus
relaciones exteriores, pero autónomo en cuanto a sus asuntos internos, que
paulatinamente se fortaleció a tal grado, que algunos de sus príncipes más
talentosos parecían más bien monarcas europeos soberanos que lugartenientes del
sultán.
El
Principado de Transilvania se vio obligado a equilibrarse entre las dos superpotencias, los Imperios Habsburgo y
Otomano. Obedeciendo al mandato momentáneo de sobrevivir, pero a veces
seguramente también a sus propios intereses, los gobernantes de Transilvania
entablaban con frecuencia alianzas contradictorias, no obstante, la política de
sus dirigentes más destacados, como István Báthori, Gábor Bethlen o György
Rákóczi I, siempre tuvo como objetivo unir las fuerzas de la parte occidental y
oriental del país para expulsar a los turcos y reunificar el país, oponiendo
resistencia luego a la exagerada influencia de los Habsburgo. La división del país y la dominación
turca transformó las estructuras
económica y social de Hungría. En medio de las constantes luchas, la cría
de reses llegó a ser casi la única actividad rentable, debido a que, en caso
necesario, era posible salvar el ganado arreándolo a otro lugar, y lo único que
se necesitaba para este tipo de ganadería era prados de gran superficie, llanos
vacíos, que gracias a las permanentes luchas, no faltaban. En los años
1580 Hungría era el mayor exportador de carne del mundo. Sin embargo, la
exitosa exportación vacuna ejerció a largo plazo influencias negativas sobre la
estructura económica húngara, dado que conservó el desarrollo unilateral que ya
desde antes caracterizaba la estructura económica húngara, trayendo consigo el
atraso de la industria.
La
nobleza y la burguesía más pudiente huyó a Transilvania o al territorio de la
Hungría real, mientras que los campesinos de las zonas arrasadas se hicieron
soldados en los castillos que quedaron en manos de los cristianos. Toda esa
época y todas sus capas de población se caracterizaban por el desplazamiento
constante, relacionado con las luchas, las huídas y el comercio, lo cual
mantenía despierta en la población del país la conciencia de la unidad del país y la intensidad de la resistencia frente a los turcos.
Probablemente
se deba al pensamiento de unidad contra los turcos, considerada más importante
que nada, que las luchas confesionales de la reforma y la contrarreforma, que en los países de Europa Occidental
cobraron tantas víctimas, en Hungría se llevó a cabo por medios pacíficos, a
pesar de que los nuevos ideales conmovieron a todos los estratos de la
población. Las disputas teológicas, en vez de causar destrucción, más bien le
dieron un enorme ímpetu al desarrollo de la cultura húngara y del idioma
escrito húngaro. En 1571, adelantándose a los demás países europeos, la
asamblea nacional de Transilvania promulgó la ley acerca del ejercicio libre de las religiones
católica, reformada (calvinista), evangélica (luterana) y unitaria. Ya al comienzo de los años
1600 se hizo evidente que el Imperio Otomano no era capaz de seguir
incrementando sus territorios europeos, aunque al final del siglo todavía
representaba una fuerza tan grande, que su expulsión solamente era posible por
medio de la cooperación europea. Los
acontecimientos se aceleraron como resultado del fracasado ataque turco contra
Viena en 1683. Después de éste, por iniciativa del papa Inocencio XI, el
Imperio Habsburgo, Polonia y Venecia crearon la Santa Alianza, que -completada
con otros miembros- en 1686 liberó Buda del dominio turco que había
durado 145 años. Las tropas aliadas no se detuvieron ahí. Estas tropas
dirigidas por los mejores estrategas europeos: Carlos, príncipe de Lotaringia,
Maximiliano Emanuel, elector de Baviera y el príncipe Eugenio de Saboya, hasta
fines del siglo expulsaron a los turcos de todo el territorio de Hungría.
El
hecho de que las tropas imperiales hayan jugado el papel decisivo en la
expulsión definitiva de los turcos, fortaleció las intenciones absolutistas de la corte vienesa, que venían
manifestándose hacía algún tiempo. El emperador victorioso manejaba los
territorios liberados del país como provincias conquistadas. Logró presionar a
la asamblea nacional a que los húngaros dimitieran a sus derechos que les
fueron garantizados desde la Bula de oro: los derechos a la libre elección del
rey y a la oposición de resistencia frente al rey. Haciendo caso omiso de los
derechos de los propietarios antiguos, repartió entre sus propios partidarios
los territorios reconquistados, y al país, convertido en yermo, le cobró a
posteriori los costos de la liberación, en la forma de impuestos de guerra.
Paralelamente al fortalecimiento de los Habsburgo,
en el siglo XVII los húngaros se vieron cada vez más obligados a proteger sus
intereses no sólo frente a los turcos, sino también frente a los Habsburgo. No
obstante, el despotismo imperial posterior a la expulsión de los turcos,
provocó una resistencia nunca antes vista, y en 1703 conllevó a una lucha de
independencia que duró ocho años. El caudillo del movimiento, Ferenc Rákóczi II, descendiente de
príncipes de Transilvania, trató por medio de reformas sociales y una tolerante
política de culto, de preparar para la lucha al desangrado país. Tras las
victorias iniciales, fue vencido y tuvo que marcharse al exilio, junto con sus
partidarios, pero la prolongada lucha de independencia dejó claro también a los
Habsburgo que para ellos el ejercicio del poder monolítico es una intención sin
perspectiva, lo mismo que para los húngaros es la independencia plena. Las
leyes de 1714-15 aseguraron la independencia constitucional de Hungría y los
antiguos privilegios de la nobleza.
La
relativa tranquilidad de las décadas posteriores, el desarrollo técnico y la
coyuntura agrícola fueron suficientes para que la capa dirigente húngara se
sintiera satisfecha a tal grado, que se lanzara a defender el imperio Habsburgo
cuando María Teresa (1740-1780) necesitaba ayuda en la guerra de sucesión
austríaca.
María Teresa y su hijo, José II
(1780-1790) estaban entre los representantes más prominentes del absolutismo ilustrado europeo. Quisieron
modernizar y fortalecer el imperio con una administración pública más
profesional, con una política económica basada en parte en el progreso
científico, con una política social más humana y -en el caso de José II- con
medidas anticlericales. A la luz de estos criterios, desde los años
1760, María Teresa ignoró la asamblea nacional húngara y emitía por decreto sus
reformas de política económica y social,
por ejemplo, las relacionadas con la regulación de las cargas de los siervos o
con la instrucción pública. José II, más radical, comenzó su reinado disolviendo
las órdenes religiosas y sacando la censura del control de la iglesia, mientras
que su célebre decreto de tolerancia permitió también a los no católicos
romanos ejercer cargos públicos. Estas medidas provocaron la resistencia de la
jerarquía católica, y sus planes de reforma impositiva no fueron del agrado de
la nobleza húngara, agraviada por el menoscabo de sus derechos ancestrales; su
rigidez demostrada en la omisión de la constitución, en la introducción
uniforme del sistema centralista de administración pública y del idioma alemán
como idioma oficial, alejó de su lado a sus seguidores originales: a los
reformadores húngaros.
El
emperador, al perder su base de apoyo, en su lecho mortal retiró la mayoría de
sus reformas. La nobleza ilustrada, su antiguo soporte, trató, en las
comisiones de la asamblea nacional nuevamente convocada, de transplantar de su
programa todo cuanto podía ser compatible con la conciencia nacional moderna
que empezaba a revivir. Sin embargo, en el clima definido por la revolución
francesa cada vez más radical, la dinastía de los Habsburgo abandonó sus
intenciones de modernización y se preparó para conservar sus posiciones.
Surgimiento de la sociedad civil, reforma y revolución (1790-1849)
Los dilemas de independencia y modernización -con el
vocabulario de la época: "patria y progreso"- fueron planteados de
forma mucho más aguda que nunca, en la era
del despertar nacional centro oriental europeo. Al igual que los demás
pueblos de la región, el pueblo húngaro también cruzó los umbrales del siglo
XIX con una estructura falta de reformas socioeconómicas. El contraste entre el
desarrollo iniciado dentro de la sociedad agrícola y el conservadurismo del
gobierno llamó dramáticamente la atención a los principios de la economía de
mercado y de la constitucionalidad liberal.
Tal
como la ilustración se arraigó sobre todo en los palacios señoriales y
en las casonas de la mediana aristocracia de Hungría, también la base principal
del liberalismo la constituía la nobleza sorprendentemente numerosa, de
conciencia política y tradiciones firmes, que completaba su renta con
ocupaciones burguesas. El mayor representante del liberalismo húngaro de la
nobleza, el conde István Széchenyi
(1791-1860), seguidor de ideales ingleses, reconoció que la principal causa del
atraso de Hungría no reside en su sometimiento a Viena, sino en el sistema
feudal. Con sus obras teóricas que ejercieron gran influencia y con su
actividad modernizadora práctica obtuvo méritos imprescriptibles en la
transformación del modo de ver dominante. Sacrificó incluso mucho de su
patrimonio privado en fines públicos. Fue el fundador de la Academia de
Ciencias de Hungría (1825) y promotor de la regulación fluvial, de la creación
de las condiciones de la navegación a vapor y del transporte ferroviario, así
como de la construcción del primer puente permanente entre Buda y Pest, el
Puente de Cadenas, etc. Lajos Kossuth con toda razón llamó a Széchenyi, su
disputador político número uno, "el mayor húngaro".
Lajos Kossuth, el otro político húngaro
sobresaliente de la época, representaba una corriente más radical que
Széchenyi, y apelaba a la amplia publicidad. A partir de 1841 fue redactor del
Pesti Hírlap (Gaceta de Pest), primer órgano de prensa político moderno del
imperio Habsburgo. Afirmaba que la única vía posible de evitar la explosión
social era la liberación lo más rápida posible de la servidumbre. Entre 1832 y 1848,
en las "asambleas nacionales de la reforma", la oposición encabezada
por Kossuth obtuvo importantes logros, y el Partido Oposicionista formalmente
establecido en 1847, abiertamente fijó como objetivo que en la Hungría librada
del tutelaje de Viena y de las ataduras feudales surgiese un gobierno moderno,
responsable y representativo. La ola revolucionaria europea de 1848 encontró a
Hungría en medio de esta efervescencia intelectual y este clima político
exitado.
A
raíz de las noticias de la revolución de Palermo, y especialmente de París, en
marzo de 1848 en la asamblea nacional de Bratislava la oposición ejerció una
presión cada vez más decidida sobre la corte, con el fin de hacer aceptar sus
propuestas de reformas. Después, la noticia alentadora de la revolución de
Viena hizo estallar la revolución de
Pest el 15 de marzo de 1848. Sándor Petõfi, uno de los mayores
poetas húngaros y sus compañeros, a la cabeza de una entusiasmada
multitud, despreocupándose de la censura, hicieron imprimir sus 12 puntos que
contenían la esencia del programa de reformas liberales. La corte retrocedió e
inició negociaciones con la delegación de la asamblea nacional, dirigida por
Kossuth, sobre el proceso constituyente.
Los
resultados de las negociaciones, las llamadas "leyes de abril", abolieron la exención impositiva secular de
la nobleza, proclamaron la liberación de la servidumbre y su igualdad ante
la ley, así como hicieron entrar en vigor las libertades civiles. Para Hungría y Transilvania, hasta entonces
manejadas como unidades legislativas separadas, nombraron un gobierno responsable común, encabezado
por el conde Lajos Batthyány, con sede en Pest-Buda. Unicamente la persona del
monarca establecía la relación entre el país y el imperio Habsburgo, dentro de
cuyo marco alcanzó la mayor independencia
posible.
Sin
embargo, en septiembre de 1848, cuando el gobierno de Viena recobró el aliento
tras la extenuación de la revolución de Austria, movilizó al ban croata Jelacic
para realizar un ataque armado contra Hungría. Los húngaros se vieron obligados
a librar una lucha de independencia para defender sus derechos constitucionales
logrados en un marco legal, por medio de una revolución que no derramó ni una
gota de sangre.
La
heróica lucha de independencia duró
casi un año, con resultados variables. Finalmente, su suerte fue sellada
con el pacto entre el emperador Francisco José I y el zar ruso, a raíz del cual
en junio de 1849 un ejército intervencionista ruso de doscientos mil efectivos
cruzó los Cárpatos, marchando contra los húngaros. Las tropas húngaras no
pudieron oponer resistencia a la superioridad de fuerzas de los ejércitos
austríaco y ruso unificados. El 13 de agosto de 1849 también las últimas
fuerzas húngaras importantes depusieron las armas.
Las consecuencias políticas de la derrota militar
fueron la ejecución de unas ciento cincuenta personas, en la encarcelación de
miles y en la abolición de toda constitucionalidad. Hungría fue integrada en el
imperio Habsburgo unificado, gobernado por una burocracia centralizada, y el
carácter agrícola atrasado y las condiciones jerárquicas de la sociedad en lo
fundamental se conservaron intactos. La élite política húngara trató de
obstaculizar el funcionamiento de la maquinaria represora mediante la llamada
"resistencia pasiva", rechazando ejercer cualquier tipo de función
pública.
A
mediados de los años 1860, las guerras fracasadas de los Habsburgo
aislaron internacionalmente a Austria, agotaron su tesoro, pero a su vez, la
prolongada resistencia pasiva también llegó a causarle problemas existenciales
a la capa dirigente húngara. La situación estaba madura para un compromiso. Por
iniciativa de Ferenc Deák, el "sabio de la patria", se iniciaron las
negociaciones de compromiso. Como
resultado de las mismas, en 1867 el Imperio Habsburgo se convirtió en una monarquía dualista de Austria y Hungría.
Las dos partes de igual rango de la Monarquía
Austro-Húngara obtuvieron total soberanía en sus asuntos internos. Sus
respectivos parlamentos promulgaban autónomamente sus leyes, que Francisco José
I en Viena ratificaba como emperador, en Budapest como rey, y dos gobiernos por
separado se encargaban de llevarlas a cabo. Continuaron siendo comunes los
asuntos exteriores y los de guerra, así como las finanzas de los mismos. El
compromiso significó para los dos grupos nacionales dominantes del imperio: los
húngaros y los austríaco-alemanes, el retorno a la constitucionalidad y a buena
parte de los logros de 1848.
La
historia del casi medio siglo siguiente trajo consigo un florecimiento económico y cultural y estabilidad política nunca
antes vistos en Hungría. Durante casi media centuria funcionó de manera
previsible el primer sistema parlamentario moderno de la región, aunque con un
derecho a voto restringido, en un marco conservador, respondiendo cada vez peor
a los requisitos dictados por la movilidad social, y sin manejar con la
seriedad debida las reivindicaciones de las minorías nacionales que componían
la mitad de la población de ambas partes del imperio. Estos últimos, viendo la
rigidez del sistema, al final trabajaron en aras de deshacerlo, para lo cual a
largo plazo ofreció buenas perspectivas la creación de los Estados
independientes de los Balcanes, que atraían como un imán a los habitantes
sureslavos y rumanos de la monarquía. Los fenómenos de crisis política que surgieron a fines del siglo quedaron semiocultos por el creciente bienestar material e intelectual, del que se beneficiaron incluso aquellos que quedaron fuera de la esfera del poder político. La revolución industrial que se desencadenó convirtió a la Hungría de los "felices años de paz", de un país agrícola atrasado en un país agroindustrial de desarrollo relativamente rápido. La renta nacional aumentó al triple, la proporción de la población urbana se incrementó del 10 % a una tercera parte de la población total, y disponía de una infraestructura moderna para la época y de una cultura burguesa floreciente. En Budapest, metrópoli de un millón de habitantes, la exposición organizada en 1896 para festejar el aniversario milenario de la conquista de la patria, conmemoró merecidamente todos estos logros.
La primera
guerra mundial puso fin a esta prosperidad. El problema de las nacionalidades durante la monarquía de los
Habsburgo se convirtió en un arma potente en manos de sus rivales, las
potencias de la Entente ofrecieron refugio a los consejos nacionales de las
minorías en la emigración y los reconocieron como sus aliados. En el
otoño de 1918, tras el desmoronamiento militar alemán-austríaco-húngaro,
esto puso en peligro la integridad territorial de la Hungría histórica: Rumanía
exigía para sí Transilvania, el Estado sureslavo en formación reclamó la región
meridional y el estado checoslovaco demandó la región septentrional.
En
esta situación crítica, en octubre de 1918 estalló una revolución en Budapest. Se proclamó la república, cuyo presidente
fue el conde Mihály Károlyi, quien simpatizaba con la Entente. Sin embargo, la
reforma social democrática iniciada no pudo equilibrar el trauma causado por la
derrota en la guerra, la descomposición de la economía y el ataque de los
países de la llamada Pequeña Entente. El descontento de las masas fue
intensificado aún más por los agitadores bolcheviques recién formados, que
acababan de regresar de los campamentos de prisioneros de guerra de Rusia. El
gobierno de Károlyi que se encontró en una situación imposible, en marzo de
1919 entregó el poder a la República
comunista de los Consejos de Hungría, dirigida por el bolchevique Béla Kun,
que en sus breves tres meses de vida intentó cumplir su programa social por
medio de la nacionalización y el terror revolucionario, mientras que continuaba
la lucha por la integridad territorial del país. Su caída no se debió a la
contrarrevolución organizada bajo el mando de Miklós Horthy, sino a la
intervención checa y rumana.
Al
finalizar la breve invasión rumana y el terror blanco que reemplazó al terror
rojo, se celebraron elecciones, como resultado de las cuales se reunió una
asamblea nacional que formalmente restauró la monarquía y eligió a Miklós Horthy como regente. El nuevo
régimen firmó en junio de 1920 las condiciones dictadas por las grandes
potencias victoriosas en el tratado de
paz de Trianon (Versailles), lo que significaba darse por enterados
forzosamente de la desmembración de la
Hungría histórica.
La
Hungría de la Monarquía Austro-Húngara, junto con sus problemas de
nacionalidades y su conservadurismo político, pasó a la historia, no obstante
el nuevo orden, ratificado por el sistema de paz de Versailles, no resolvió las
tensiones étnicas de la región, mientras que dividió en elementos, que
difícilmente revivían, una unidad económica y cultural que antes había
funcionado bien, y que incluso había jugado un papel importante en el
equilibrio de poderes en Europa.
En
el tratado de paz de Trianon se aplicó unilateralmente, en detrimento de
Hungría, el principio equitativo de la autodeterminación de las naciones:
Hungría perdió dos terceras partes de
sus antiguos territorios y más de la
mitad de su población. Al contrario de sus nuevos vecinos, se convirtió en
un Estado-nación casi homogéneo, mientras que una tercera parte de la población
de nacionalidad húngara, más de tres
millones de húngaros corrieron la suerte de vivir en minoría en los Estados sucesores vecinos. Todo esto
determinó, además de las perspectivas desfavorables de la economía desbaratada
del país, también su futuro político: en el período entre las dos guerras
mundiales, ninguna fuerza que haya buscado éxitos en la política interior, pudo
ignorar la demanda de la revisión.
Las
reformas del régimen de Horthy, que observaba los elementos esenciales del
parlamentarismo aunque era profundamente conservador, poco hicieron por
modernizar la estructura social retrógrada. No obstante, gracias al talento
personal de algunos de sus políticos sobresalientes -como Pál Teleki e István
Bethlen-, a fines de los años 1920 logró consolidar la política interior, cierto crecimiento económico, es
más, la ruptura del aislamiento de política exterior y la leve esperanza de una
revisión parcial, pacífica. Pero en el umbral de los años 1930, la
crisis mundial económica nuevamente puso a Hungría en un curso forzoso. La
recesión completó el proceso iniciado por el sistema de paz de Versailles, el desmenuzamiento de la unidad económica,
social y cultural de la cuenca del Danubio: estimulando el encerramiento
nacional abría paso a los extremismos políticos, y en el vacío de poder surgido
facilitó la incursión de las grandes potencias interesadas en la región. En el
caso de Hungría, que inculpaba sus problemas a Trianon y anhelaba la revisión,
esto significaba una estrecha relación con Alemania e Italia.
Después
de iniciarse la agresión nazi, el premio por la adhesión de Hungría a las
potencias del eje fue la reunificación de los territorios checoslovacos y
rumanos de mayoría húngara (1938-1940); sin embargo, estos favores le hicieron
imposible quedarse fuera de las luchas de la IIa guerra mundial y rechazar la participación en la
invasión a Yugoslavia en 1941. El gobierno húngaro estuvo más dispuesto a tomar parte en la guerra contra la Unión
Soviética, mientras que, sobre todo después de las graves derrotas sufridas en
el frente oriental, la élite tradicional que desde el comienzo alimentaba
sentimientos contradictorios hacia el nazismo, buscaba llegar a un acuerdo con las potencias occidentales. Dándose
cuenta de las intenciones de su "vasallo renuente", el 19 de marzo de
1944 Alemania invadió militarmente el
país. Luego de que un gobierno títere llevara a cabo la deportación de la
mayoría abrumadora de los judíos de Hungría, hizo fracasar el intento de Horthy
de salirse de la guerra y abrió paso al terror de los nacional-socialistas
húngaros, los cruz-flechados. Con el rápido avance del Ejército Rojo,
entretanto todo el país se convirtió en escenario de guerra y, en la primavera
de 1945, debido a la rotunda derrota, sucumbió el antiguo régimen y con él la
soberanía estatal misma; en el país convertido en ruinas se estacionó un
ejército invasor de más de un millón de efectivos. Sus dirigentes prometieron
garantizar la autodeterminación, a pesar de que -como llegó a saberse más tarde- la conferencia de Yalta de las grandes potencias en 1943 ya había
decidido que Hungría, junto con sus vecinos,
pertenecía a la esfera de intereses soviéticos...
Los tres primeros años posteriores a la IIa
guerra mundial fue la época del experimento de una democracia pluripartidista en la Hungría militarmente invadida. El
Partido de los Pequeños Propietarios -que reunía a la burguesía y al
campesinado-, ganador de las elecciones de 1945, a solicitud de las grandes potencias formó coalición con los
socialdemócratas, con el Partido Nacional Campesino y con los comunistas, que
bajo la dirección de Mátyás Rákosi no tuvieron escrúpulos en aprovechar la
protección brindada por las tropas soviéticas invasoras. En el espíritu de la
unión de fuerzas nacional, la coalición alcanzó grandes resultados en la reconstrucción, y con la reforma agraria se hizo realidad el
sueño secular del campesino húngaro. Pero ya en esos tiempos se inició
la nacionalización de las empresas
privadas y la introducción de algunos elementos de la economía dirigida de tipo stalinista. Cuando el país se repuso de
la conmoción de la guerra, los comunistas atomizaron a sus rivales -dividiendo
a sus socios de coalición, mediante chantaje político, utilizando la policía
política controlada por ellos y por medio del fraude electoral- convirtiéndose de
esta manera en la única fuerza política que funcionaba en 1947-1948. Les
garantizaba este status el "tratado de amistad eterna" firmado con la
Unión Soviética y la constitución "stalinista" de 1949.
La dictadura stalinista de Rákosi concluyó
entre 1948 y 1953 la nacionalización y comenzó el desarrollo de ritmo
irrazonable de la industria pesada; obligó al campesinado a entregar sus
productos y luego los forzó a ingresar en koljoses, expropiando sus tierras. A
las decenas de miles de "enemigos" del sistema los trasladaron al
interior del país o los enviaron a trabajos forzados y condenaron a personas
inocentes en juicios preconcebidos, basados sobre acusaciones falsas. En el
ambiente posterior a la muerte de Stalin (1953), bajo el gobierno del
reformista Imre Nagy se atenuó el terror y se comenzó a investigar los abusos,
la población del país pudo respirar aliviada, pero más grande fue la
desesperación general, cuando la camarilla de Rákosi volvió al poder político.
El
XXº congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética, celebrado en
febrero de 1956, dejaba entrever el fin de la severa era stalinista. A raíz de
dicho acontecimiento que se consideraba una promesa de posibles cambios
democráticos, en Hungría surgió con fuerza elemental la resistencia frente al
sistema totalitario, y esto condujo al estallido de la revolución del 23 de octubre de 1956. Imre Nagy, personaje popular
en el país entero debido a sus reformas del año 1953, se puso a la
cabeza del gobierno revolucionario. Se restableció el sistema pluripartidista y Hungría abandonó la alianza militar del
bloque del Este, el Pacto de Varsovia.
No obstante, el gobierno soviético, tras la cavilación inicial, decidió
inmiscuirse, y la intervención iniciada el 4 de noviembre aplastó brutalmente
la revolución. Unos doscientos mil refugiados abandonaron el país sometido a
este fuerte choque, mientras que el período marcado con el nombre de János Kádár -colocado a la cabeza del
partido comunista reorganizado como un títere de los soviéticos- comenzó con una
ola de represión nunca antes vista.
A
pesar de ello, la vivencia de la revolución de 1956 también dejó claro ante el
poder comunista que ya no se podía regresar a los métodos de gobierno ni a las
condiciones de los "años cincuenta". A ello se debe que el
nuevo régimen, una vez restablecido el "orden", en los años
1960 consolidó su posición mediante
una amnistía y reformas, consiguiendo para Hungría el dudoso reconocimiento de
"la barraca más alegre" entre los países del bloque soviético. Además
de la industrialización y colectivización llevada a cabo gradualmente, de forma
más pacífica, se prestó mayor atención a la producción de artículos de consumo,
que las reformas introducidas a
partir de 1968, en el llamado "nuevo
mecanismo económico" incentivó también permitiendo un mayor campo de
acción a las empresas privadas. El aumento del nivel de vida tuvo su precio
político: siguió siendo un tabú el monopolio del poder del Partido Obrero
Socialista Húngaro y la relación con la Unión Soviética, o sea, la soberanía
limitada del país. La censura, ya más flexible, redujo el círculo de los bienes
intelectuales prohibidos y amplió la esfera de los bienes apoyados y tolerados.
La "dictadura blanda",
aunque mantuvo un estricto control, pero abrió las puertas occidentales del
país ante los extranjeros interesados y los húngaros con deseos de viajar.
Aunque
todas estas facilidades -especialmente a la luz de la comparación con la suerte
de los países vecinos- le dieron cierta legitimidad al régimen de Kádár que se
había llegado al poder por medios violentos, en los años 1980 comenzaron
a vislumbrarse sus limitaciones. Las reformas fueron insuficientes para
asegurar el crecimento económico, de manera que las apariencias de la
prosperidad -apenas- se mantenían de préstamos extranjeros, al precio del
endeudamiento del país. Pareció cada vez menos razonable el compromiso jamás
expresado: la renuncia a los derechos políticos a cambio del bienestar
material; y cuando en Moscú Mijail Gorbachov asumió la dirección del partido
comunista, también se alivió la presión externa.
La Hungría de la
transición y del cambio (1987-2000)
Todo esto creó las condiciones para comenzar la
transformación del sistema institucional político y de la economía, lo que los "comunistas reformadores" que
destituyeron a Kádár que se resistía a realizar más cambios, se imaginaban como
un proceso dirigido desde arriba. Pero poco después se organizaron en partidos
los grupos de oposición que venían funcionando hacía años y cuya
actividad cobró mayor publicidad e incentivó las manifestaciones masivas de la
sociedad civil reanimada, llevadas a cabo en 1988-89. El Foro Democrático
Húngaro (FDH) se presentó con un programa que basaba la crítica al régimen
comunista en las tradiciones nacionales y a partir del otoño de 1987
organizó debates públicos acerca de la situación del país. La "oposición
democrática" que publicaba prensa ilegal ("szamizdat") desde
comienzos de los años 1980, formó la Alianza de Demócratas Libres (ADL)
que se definía como liberal, lo mismo que la organización independiente de los
estudiantes universitarios, la Alianza de Jóvenes Demócratas (AJD). A fines de
1988 y comienzos de 1989 renacieron también los partidos determinantes del
período democrático posterior a la IIa guerra mundial: el Partido
Independiente de los Pequeños Propietarios (PIPP), el Partido Popular
Democristiano (PPDC) y el Partido Socialdemócrata (PSD). El marco del cambio
pacífico del sistema se acordó en las "negociaciones tripartitas"
entre la Mesa Redonda de la Oposición (formada en marzo de 1989 por las
entidades anteriormente mencionadas), las organizaciones de masas y los
dirigentes del Estado-partido. El convenio que estableció las bases del estado
de derecho constitucional se firmó y se promulgó en forma de ley en el
otoño de 1989, y poco después, el 23 de octubre de 1989 se proclamó la
República de Hungría, modificando el antiguo nombre oficial del país (República
Popular de Hungría), lo que expresó de manera simbólica la esencia del cambio de sistema: recuperación de la soberanía del
país, sustitución de la gestión económica centralmente planificada y del
régimen del estado-partido por la economía de mercado y la democracia
pluripartidista.
Los
reformadores del POSH actuaron como catalizadores de este proceso, pero tan
sólo en su última fase se decidieron a sacar las consecuencias y desmembrar
formalmente el estado-partido, para luego fundar con otros socios de
sentimientos izquierdistas un nuevo partido de programa socialdemócrata, bajo
el nombre Partido Socialista Húngaro (PSH). A fines de 1989 y comienzos de
1990, cuando el país vivía la fiebre de
las primeras elecciones libres en varias décadas, no sólo había un frente
político entre los socialistas y la oposición que hasta entonces actuaba más o
menos de forma unificada, sino que se perfilaba visiblemente la línea de
demarcación derecha-izquierda y la división
democristiana/nacional-liberal-socialista.
Como
resultado de las elecciones de 1990, el FDH llegó a ser el partido más fuerte
en el Parlamento. Formando coalición con los otros dos partidos de
centroderecha, el PIPP y el PPDC, el gobierno de József Antall, presidente del
FDH, contaba con una mayoría de casi 60 %. Su oposición estaba compuesta por la
ADL, la AJD y el PSH. La coalición de centroderecha, como única entre los
gabinetes europeos centro orientales que cambiaron el sistema, cumplió
enteramente el ciclo electoral de cuatro años. Se eligió presidente de
la república a Árpád Göncz, antes condenado a muerte por su actividad en 1956,
en quien el parlamento depositó su confianza por cinco años más en 1995.
Por
no haber alcanzado el límite de votos del 5 %, ciertos partidos pequeños
que pueden considerarse extremistas, no lograron entrar en la asamblea nacional
ni en las primeras elecciones, ni en las de 1994.
En
1994, más del 50 % de los votantes votó por el PSH, que cobró fuerza al final
del ciclo parlamentario anterior. En el gobierno de coalición encabezado por
Gyula Horn, presidente del partido, participa también la ADL, que nuevamente
finalizó en segundo lugar en las elecciones.
Además
de las dificultades del cambio de sistema, ambos gobiernos han tenido que
enfrentar el hecho de que la mayoría predominante de la sociedad había esperado
una transición sin conmociones. La acelerada privatización no pudo suplir de un
día al otro los empleos desaparecidos con el desmoronamiento de la economía
socialista y las medidas encaminadas a establecer el equilibrio financiero
comenzaron a reducir la inflación de manera lenta. Los importantes resultados
alcanzados en la edificación del sistema institucional del estado de derecho
democrático no indemnizan a todos debido a la apertura de las tijeras sociales,
a la intensificación de las diferencias regionales o por el estancamiento del
nivel de vida.
Sin
embargo, a pesar de la fluctuación del clima general, las fuerzas extremistas
aisladas no amenazan la estabilidad de
la vida política interna. Los debates internos que han tenido lugar de vez
en cuando no han puesto en peligro la solidez de ninguna de las coaliciones de
gobierno. Por lo visto, todo ello hace de Hungría un socio previsible, tanto para los inversores como para la política
internacional. El flujo del capital extranjero ha tenido un papel protagónico
en los éxitos de la privatización;
la visita y la receptividad de figuras determinantes de la política mundial
reciprocó la apertura de la política
exterior húngara (iniciada ya en tiempos del gobierno anterior al cambio de
sistema). En muchos terrenos han mejorado las relaciones con los países vecinos, y los convenios de base
y la actuación de Hungría en las organizaciones de cooperación regional /CEFTA,
ICE/ promueven el desarrollo ulterior de los contactos. Da testimonio del
progreso de los esfuerzos integracionistas
europeos de Hungría su membresía en el Consejo de Europa, en la OCDE, su
calidad de miembro asociado de la Unión Europea, su papel jugado en el manejo y
prevención de crisis en Europa: en 1994 como anfitrión de la CSCE, luego como
presidente de la OSCE; en el marco de Asociación por la paz, su colaboración
con la OTAN, así como su activa contribución al proceso de paz posterior a la
guerra de los Balcanes /IFOR/. En los 1100 años transcurridos desde nuestro asentamiento en la Cuenca de los Cárpatos, Hungría varias veces pudo sentirse exitosa en la vía de la adaptación y de la superación. Hoy en día vuelve a confiar en que, recuperada ya su soberanía, podrá responder a los requisitos de esta era, y su "nueva llegada" a la comunidad de los países europeos esta vez resultará ser definitiva... Tras la elecciones de 1998 se formó un gobierno de coalición de la Alianza de Demócratas Jóvenes (FIDESZ-MPP) y del Partido de Pequenos Agricultores. El nuevo gobierno dirigido por Victor Orban seguía los lineamientos generales de los dos gobiernos predecesores en cuanto a la integración europea y la seguridad colectiva occidental. Hungría fue admitido como miembro de plenos derechos de la OTAN en abril de 1999, inmediatamente antes de comenzar la intervención de la Organización en Kosovo. Apesar de la buena marcha de la economía desde la estabilización financiera de 1995, un crecimiento constante de 4-5% anual, en las elecciones de 7 y 21 de abril de 2002 los votantes decidieron otro cambio de gobierno. En las muy ajustadas y polarizadas elecciones la coalición socialista-liberal del MSZP y SZDSZ obtuvo 198 escaños frente a los 188 del FIDESZ y MDF y constituyo su nuevo Gobierno el 27 de mayo de 2002 encabezado por el experto financiero Péter Medgyessy. |